viernes, agosto 29, 2008

Un día con tu recuerdo


Hoy que me desperté estabas a mi lado una vez más. Estabas ahí, sentado al borde de mi cama sin decir una palabra. Me miraste y me sonreiste y supe que me esperaba un día junto a tí. Cuando terminé de arreglarme, salí de mi habitación a tu lado. Me esperaste en la puerta, esperabas a que saliera sentado con una sonrisa. Me dispuse a salir y te levantaste para seguirme. En cuanto encendí el auto comenzó a escucharse la radio. Cada canción hablaba de nuestra historia. Seguías sonriendo, moviendo tu cabeza al ritmo de la música y yo te ignoraba.

Llegué a la escuela, continuabas siguiéndome. La gente me saludaba, yo saludaba de vuelta; seguías ahí, parado a mi lado sin la mínima intención de moverte. Las clases comenzaron y te sentaste en el suelo, aún junto a mí. Te acercaste a mi oído y comenzaste a relatar nuestra historia del principio hasta el final. Intenté ignorarte, pero cada palabra que susurrabas era una imagen proyectada en mi cabeza.

A pesar de todo, había momentos en los que callabas y te alejabas unos pasos mirándome fijamente. Eran los momentos en que aparecía él a mi lado, cuando platicábamos , cuando me saludaba. Pero él no se quedaba, se iba dejándome a la merced de tu presencia y de tus palabras.

Las clases terminan, me despido de todos y noto que ya no estás. Pienso, muy feliz, que al fin me dejaste. Pero miro el auto y ya estás dentro de él, esperándome para marcharnos. Enciendo el carro, y con él la radio. Ahora tú cantas a todo pulmón, mientras sigues sonriendo. A cada oportunidad que encuentras, tomas mi mano y cada parte de mí se estremece por la tormenta de recuerdos.

No sé cómo, pero logré llegar a mi casa. Me pasaste corriendo, mientras yo bajaba del coche, para llegar primero a la puerta. La abrí y te dirijiste a mi alcoba. Cuando llegué, ya te habías adueñado de mi guitarra; insistías en cantar melodías que describían cada momento juntos. Logré converncerte de que guardaras silencio, pues tenía que estudiar. Te quedaste ahí; sentado mirándome fijamente sin decir palabra. Derrepente sentí tu mano sobre la mía y me transportaste a ese día en que me dijiste "Te amo". Y fue entonces que percibí un beso tuyo sobre mis labios que sentía perder dentro de ese momento tan perfecto y mágico. Volví a mi alcoba y seguías a mi lado, esperaba que la tortura hubiese acabado, pero no fue así.

Se hizo de noche y seguías ahí, mirándome fijo, susurrando un "Te amo" vacío. Me decidí a dormir. Me preparé, dispuesta a acostarme sobre mi cama mientras tú estabas de pie, mirándome caer en un sueño profundo, mientras te miraba fijamente. Cerré los ojos y te sentí junto a mí. Me abrazaste y pude sentir tu respiración y tu corazón sincronizados con los míos. Y me quedé dormida.

A la mañana siguiente ya no estabas a mi lado. 'Se fue', pensé. Miré a la puerta de mi alcoba: estabas esperando para acompañarme una vez más en mi día. Me levanté, me acerqué a tí, te besé como nunca lo hice antes y te susurré al oído entre lágrimas silenciosas un "Adiós". Me miraste sorprendido, sonreiste, abriste la puerta y te marchaste. Y me quedé ahí, sin decir nada. Me preparé y salí de mi cuarto sin mirar atrás, esperando hacer de esa tortura un bello recuerdo de tí y de mi; no una sombra que me acose y me impida vivir.

De vez en cuando vienes a visitarme, pero ya no es igual; debo decir que dejar de mirar atrás fue lo mejor que he hecho en mi vida.


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