jueves, febrero 11, 2010

No es un capricho, pero esque en verdad era mía.

Yo no nací aquí. Nací en una ciudad que se encuentra a aproximadamente 13 horas de este lugar; una ciudad que ya ni siquiera está dentro de los límites del país.
Así es, no nací aquí, pero para mí, ésta es mi ciudad; en el norte del país, pero al sur del estado de Coahuila, ubicada más específicamente en la Región Lagunera.

En efecto, mi ciudad es Torreón, Torreón Coahuila.
Una ciudad donde sus habitantes siempre reciben a todos aquellos que, con entusiasmo y ganas de salir adelante, llegan a ella. Una ciudad donde una tarde de domingo no es representada mejor que al tomar una caminata por la Alameda, o disfrutando de una vuelta por su emblemática Plaza de Armas. Una ciudad que lograba mezclar la tranquilidad de la provincia con la modernidad de una urbe en acelerado crecimiento. Una ciudad que pertenecía a todos aquellos que en ella habitaban.

Pero las cosas han cambiado. Mi ciudad ya no es mi ciudad; ahora le pertenece a personas que pelean por ella con toda la saña y violencia que les es posible, no importando cuánta gente inocente se encuentre en medio. Mi ciudad ya no es mi ciudad, ahora es el mercado perfecto para aquellos que se dedican a distribuir toda clase de sustancias ilegales, no importando el bando al que pertenescan. Mi ciudad, que ya no es conocida por el algodón que producía, ni por la leche, ni por la plata, sino por las sangre inocente que se derrama casi a diario. Mi ciudad, que ya no me pertence ni a mi ni a nadie que habita en ella, por el simple hecho de no poder salir a la calle sin la preocupación de no volver al caer la noche.

Impotencia, frustración, coraje, tristeza invaden a cada lagunero que ha perdido a un ser querido en medio de esta guerra sin sentido; furia y desesperación llenan los corazón de todos los laguneros que reclamamos de vuelta nuestra ciudad a una autoridad que hace oídos sordos al llanto de esa madre, de ese padre, de esos hijos, de esa familia que ha quedado deshecha por la falta pantalones de aquellos que se supone velan por nuestra seguridad, al no querer si quiera intentar ser el factor de cambio.
Sentimientos encontrados de una juventud atrapada en una ciudad que no ofrece nada, más que la necesidad de utilizar un chaleco antibalas para ir siquiera a la tienda de la esquina; una juventud que clama justicia por esos amigos que simplemente estaban en el lugar y momento equivocado, y que ahora se convirtieron en un número más, en una estadística más que es muestra de la violencia que invade poco a poco nuestro país.
Porque todos recordamos perfectamente un niñez tranquila, llendo de un lado para otro, sin horarios, sin limites, sin miedo; días en que el estruendo de armas disparándose no eran más que parte de una película de acción; días en que un asesinato era motivo de asombro, y no de costumbre. Aquellos días en que nos atrevíamos a llamar a Torreón 'mi ciudad', 'nuestra ciudad'.

Porque de un momento a otro, Torreón fue arrebatada de nuestras manos y no hay nadie que pueda hacer algo. Miro a mi alrededor y veo el miedo en los ojos de todos aquellos que ayer caminaban sin miedo por sus calles; personas que pensaban en el buen futuro que les esperaba a sus hijos. Conosco niños que, desde muy pequeños, conocen las detonaciones salidas de esas armas que se cruzaron en su camino sin tener culpa alguna. Porque hasta la calidez que caracterizaba al torreonense se ha ido apagando, conforme la sangre fría de esos asesinos nos invade con miedo en incertidumbre de no saber quién es el siguiente en pagar una cuenta que no le pertenecía.

¡Porque mi ciudad ya no es mi ciudad, y nadie hace nada!
Porque ahora somos un campo de batalla. Porque ya no hay cabida para nosotros, porque la gente ya no importa; porque un habitante menos es una boca menos para alimentar para el gobierno. Porque si todo esto acaba, esos millones de pesos manchados de sangre ganados se perderan. Y, ¿qué tanto puede valer una persona, si ni siquiera puede decir que Torreón es 'su ciudad'?